Mis damas. Hoy es un día muy especial, porque según la fecha oficial es el día de las madres, y este es uno que debemos acordarnos más que nunca por dos razones: una, porque en este país como en las demás fronteras, muchas mujeres son víctimas de la tristeza y la desdicha por culpa de los hombres, y dos, porque todos venimos de una madre a ser parte de su vida como el máximo milagro del señor como Jesús fue la máxima felicidad de María Magdalena, y así la tradición continua y sigue. Tal vez un hijo viene a ser la alegría de una madre, pero yo dudo de esa creencia, creo, que una mujer alcanza la felicidad contentando y regocijando a ese niño que nunca fue feliz en su infancia, y es extraordinario cuando encuentra al amor de su vida, el hombre, la ayuda a cumplir su meta de contentar a ese niño, una, con el dinero, otra, con su compañía, o tal vez, con la llegada de un nuevo integrante a la familia. Sea como sea el caso, yo, a los dieciocho años, (tengo veintidós) escribí y estructure este poema, en medio de un mundo riguroso, duro, e indiferente, en un contexto político e histórico difícil, y en el que la mujer (a pesar del feminismo) seguía prácticamente olvidada por construcción política y la memoria histórica, así como a los niños, ancianos, y desamparados. Y teniendo certeza que no cambiara nada, será un pequeño granito de arena que aportara a este cambio. Yo tuve la fortuna de tener una madre grandiosa y una infancia en abundancia, en la que se me estímulo y educo de una manera destacable, y hasta el día de hoy, sigo creciendo en compañía de mis padres y hermanos. Fue muy bonito y sublime, lucido, escribir estos versos, porque me sentí un viejo o adulto, que pensaba en cosas bonitas, y la pluma, como la facultad divina, le permitía transcribirlas, en un mundo en el que muchos viejos piensas cosas duras, peyorativas y subjetivas del mundo en el que les rodea; cosas feas. Y de esos viejos quedan muy pocos, pero siguen combatiendo con sus estrofas donde este latente la miseria y la pobreza. La vida del campo para la mujer ha sido muy dura y melancólica. Pienso en aquello, mientras escribo estas palabras.

Respecto a esto dejo un extracto de la obra “Yerma” de Federico García Lorca, escritor español que fue perseguido y asesinado por la dictadura de Franco. Estas palabras las decía Yerma, una joven triste (del campo) que su felicidad máxima, su anhelo, para concretarla, es tener un niño. Estas palabras las recita en modo de cantico una mañana, en la que en sueño, se vio con un recién nacido a su lado, entonces, en modo de felicidad, comenzaba a cantar lo siguiente.

-A la nana, nana, nana,

a la nanita le haremos

una chocita en el campo

 y en ella nos meteremos

Con estas bellas y sublimes ensoñaciones les dejo este poema. Y les digo a las mujeres que padecen miseria, tristeza, incomprensión y soledad que no están solas, y hay un alma noble que piensa en ustedes. Les quiero con mucho amor.

"Las Abandonadas Mujeres" 
Abrigado por el atardecer invernal,
A una consabida madre contemple,
Joven era, encarnizada,
Más feliz que cualquiera,
A su pequeña descendencia guiaba,
Cándida criatura, con su rizado cabello,
Y blanco cuero, tan blanco como el azúcar y la sal,
Tan frágil, como la espiga y el sauce,
Tan venerable, como la virtud de su querida madre,
¿Mas quien no podía reconocerla?,
Pues compañera mía era,
Había sido en tiempos de añejas fechas,
Y a pesar, que en vida nunca dialogue con su vocablo frágil, de la más sutil de las delicadezas,
Su actuar expresaba la más sutil, de las más claras de las certezas,
Abrigado por el atardecer primaveral,
A la consabida madre contemple,
La lluvia, el viento, los rayos, de ella huían,
A merced del iluminado paraguas,
Con el cual su hijo, gentilmente, la cubría,
Y de sus pequeñas risitas,
Una oleada de carcajadas y risotadas,
Los conducía al radioso, destellante arcoíris,
En un cándido Pegaso, montados,
Que con sus alitas, al mundo de la fantasía los conducía,
De la alegría,
Lástima me dan las abandonadas,
Que con ilusa sinceridad, transaron,
Y pues, del avanzar, nunca llegaron,
Llorando ellas siguen el camino,
Recordando en sus pesadillas a las lluvias y el frió,
Pero también, al fruto naciente de la primavera,
Al fruto verde,
A pensar, he llegado a veces, a saber,
Que las abandonadas, son como frutas caídas,
Del árbol frondoso y eterno de la vida,
A veces caídas y otras derribadas,
Por las modestas callejuelas, sus huellas dejan,
Ruedan y ruedan de indescriptible tristeza,
A veces de dolor,
Del dolor que producen los colmillos del salvaje,
O otras, de las caries del vividor,
Algunas de esas tristes manzanas,
El camino de la puerta honrada escoge,
O el serrallo del incestuoso vicio,
Y en medio de su tallo,
La definición de amor, sumergen con sabiduría,
Entre gotas y gotas, a soslayo,
Eso sí, de aquellas madres,
Más que nadie, el amor a sus hijos,
He podido notar, así como del niño a su madre,
Las abandonadas son la vela,
Que ilumina la oscuridad,
Son la energía que reina,
Entre el espacio y tiempo,
Las frutas caídas,
Son una de las mejores,
Y las mujeres abandonadas y buenas,
Son esas secas y caídas manzanas,
Del árbol de la vida, que dejan su huella en el sendero,
El sendero de la cofradía.

Las amo.


 

 


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