Para
una meditación del amor
A mis tempranos veinte
años he tenido la habilidad, por diversas circunstancias, las cuales el destino
y espíritu divino me interpusieron por delante como condición de una vida
disciplinada, dócil, reglamentada, justa, y con principios éticos y morales,
que así son requerimientos para un buen vivir como una buena salud; como cuando
alguien asegura creer que a pesar de sus malas mañas o descuido en su salud,
Dios, a pesar de ello, desde el Paraíso milagrosamente le garantiza la buena
salud tan fácilmente como se estructuran las leyes gramaticales.
Y es así.
Únicamente que Dios te
garantiza la salud y el bienestar bajo la condición de que cuides tu
alimentación y salud, y eso es una verdad absoluta. Aquellos que sean fanáticos
puritanos del esoterismo seguramente no lo comprenderán con certeza, a quienes
hago un llamado a la humildad para meditarlo debido a que asimismo ocurre con
el “amor” en el cual aquella sensibilidad especial me ha permitido comprender
una conjunción de realidades y verdades que lentamente conforma, en un delicado
y minucioso proceso que convierte al hombre en el “hombre íntegro” o “persona
íntegra”.
Bajo aquella premisa y
respectiva sensibilidad padece de una gran importancia porque nos hace
reflexionar respecto a un gran engaño, en el cual cada día creemos más: en la
política, en la televisión, en ciertas columnas; todos acostumbrados a elementos
superficiales, sus verdades, sus palabras, creencias, cuando debemos cuidar lo
que decimos y contraponer verdades para crear comunes denominadores y en el
fondo convivir porque todos somos parte de este mundo –como dijo un profesor–.
Lo que expreso es tan evidente que es como un hecho tan certero, cierto y
situado, que a pesar de las tergiversaciones y cuestionamientos no se puede
ignorar ni cuestionar, tan así como algunos periodos historiográficos, como por ejemplo: la
eficiencia del capitalismo en el mundo actual, la crisis de los regímenes
totalitarios, como también, inviabilidad de algunas ideologías políticas, el
racismos y la esclavitud de los pueblos indígenas, la representación de los
araucanos en el caso de Chile, y así suma y sigue. Mi indiferencia es a los
malos hombres que han abandonado a sus prometidas –muchas veces con hijos o
embarazadas–, les han roto el corazón, engañado, golpeado, asesinado y burlado
como alguien tan “enfermo” y “capaz” –majadero, a mi juicio– hasta volverse una
paradoja, llegar el punto de volverse un hecho tan común en nuestra sociedad,
quizás por ingenuidad, desconocimiento o ignorancia, tal vez por maldad,
machismo: ese machismo latinoamericano que ha pegado tan fuerte desde hace
siglos, o simplemente por voluntad propia.
¡Ah, ese Pablo Neruda!.
¡Ah, aquellos jóvenes que
hoy son viejos!.
¡Ah, aquellos hijos
numerosos…Y pobres!.
¡Ah, aquellas mujeres
que sufren dolor!.
Decir que este es un tema que le tengo mucho pudor, porque si bien hace ver una carencia en mí, ahí está y es una realidad, un hecho, algo tan evidente como latente. Y corresponde al escritor meditarlo y al lector juzgarlo bajo el ángulo que quiera, en síntesis todos han vivido algún amorío como tan bien han sacado orgullos en varios más. Me es tan profunda esta sensibilidad, latente, evidente, que la presiento a donde voy, me acompaña y sigue, y es tan curiosa como un relicario, pero asimismo hay que lidiarla, vigilarla, examinarla y sobrevivir a ella. La presiento en cada mujer, desde la más anciana, madura, hasta la más joven, presiento ese sentir; ese quiebre o descontento que se vuelve tan manifiesto en la facultad anímica, esa herida queda, duele y merodea sin rumbo como un fantasma –como aquel trauma freudiano que todos llevamos dentro, y que hace a los delincuentes, antisociales: como a un amor, en desgraciado– Pienso en una ancianita que luego de enfrentar diversos problemas y salir adelante con grandes dificultades, vivió sus últimos días agonizante y con un cáncer que la estaba consumiendo hasta el hueso; sus hijos la habían abandonado, otros habían elegido malos caminos y quizás tuvo que haber padecido un quiebre amoroso –que presiento– la tuvo que haber dejado en muy mal estado. ¿Qué tuvo que haber esperado esa mujer de la sociedad?. Quizás la muerte es la única salvaguarda que nos puede ayudar en este mundo de sufrimiento y desdicha, del cual muchos padecen sus desgracias; y ella, esperaba aquel momento en estar exenta de toda fatalidad. A mí en lo personal, me gusta ser más optimista, patriota y positivo: aunque moralmente no puede uno serlo en una sociedad que padece estas heridas que posiblemente no tienen sanación alguna, ante aquello humildemente hay que ser flexible, humilde y ponerse en sus zapatos, en sus expresiones, en lo que piensan, que harto tienen que decir de la vida. Asimismo ocurre con un veterano, no me consta que muchos son parte del conjunto que tanto crítico, otros también, pero asimismo más ingenuos. La otra vez contemplaba en silencio a un maestro que aparentaba unos sesenta años, y me resultó una vivencia muy admirable o bonita porque percibía cuanta experiencia hay en ellos, particularmente en temas del amor ¿Cuántas estrofas y metáforas han escrito en tiempos de su juventud? ¿O cuantas aventuras habrán tenido? ¿Qué recuerdo deberán guardar en su recurrente madurez, de su juventud?. De igual forma, pienso en algunos profesores jóvenes que tuve en la secundaria acerca de las vivencias y experiencias que tendrán de viejos, “viejo” quizás es un sufijo muy desagradable y peyorativo: como si nosotros no fuésemos a llegar a viejos. –¿Habrán hecho las cosas bien; de la misma manera en la que lo pienso?–.
–Son profesores.
–¿Serán también
personas como nosotros, y no personas capacitadas y preparadas para cierto
tipos de experiencias como muchos psicólogos?
Recuerdo a un
parroquiano, en mis tiempos de trabajador de quince años de edad, en la que una
mujer corpulenta pasó delante de él mientras esperaba pagar en la caja. Una vez
que la señora se fue, me miró y preguntó si le había mirado el trasero
justificando que era muy grande. Mi respuesta fue que no, y a pesar de que mis
intenciones eran muy empáticas, más aún con los ancianos debido a que fue una
situación incomoda, quedé muy sorprendido y asombrado, pero a la vez, sabia y tenía
conocimiento de la tradición que compone a la masculinidad y el respectivo
efecto de éxtasis sexual que produce una mujer en un hombre. Cosa que está mal
y se vuelve una de las tantas problemáticas en nuestra sociedad y que la
feministas quizás buscan atenderlas con sus demandas y exigencias, pero que no
operan, no la llevan a la praxis por la sencilla razón que ellas mismas por lo
general tienen numerosas parejas o cambian constantemente –sin objeto de
polemizar, ni mucho menos, violentar– o padecen promiscuidad en demasía, o se
pelean con otras mujeres por los hombres que ellas desean, no se puede
normalizar el trato como objeto hacia una mujer, ni mucho menos justificar con
superficiales bases científicas o una dialéctica frívola este tipo de
comportamientos que nosotros solemos normalizar con tanta facilidad: Ya en la
secundaria una profesora nos advertía –¡Vaya a saber si ella lo predicaba!–que
tratar como objeto a una mujer no era normal por las consecuencias que ello
acarreaba; embarazos no deseados, mala convivencia entre el marido, maridos que
se convertían en agresores bajo el síndrome de Estocolmo, una mujer que no
desearía estar comprometida a un yugo, y finalmente algo que ella miraba con
profunda tristeza: la infelicidad y desgracia de los niños. Podríamos
preguntarnos ¿Sera posible y consciente traer a un niño en un mundo cada vez
más difícil, exigente, duro e indiferente; donde en definitiva vienen a sufrir
y padecer un insaciable y tortuoso dolor?. Los que no sintieron una especie
entre melancolía y afecto con la canción del mexicano José Luis Perales “Que
canten los niños” no podrían esperarse que de esas personas evocaran
sentimientos de reflexión alguna, no podrían ser buenas personas. Lo mismo para
aquellos que odian el llanto de los niños pequeños. A los niños en el Registro
Civil se le nombra como “carga”; todos somos “carga”. Si el niño no destaca en
un jardín se les castiga con el globito rojo, cuando en verdad se le debería
abrazar. En los colegios se les mete una carga de sobreinformación, cuyo
potencial es muy grande para ser cognoscible y
procesados por nuestra mente. En
la vida adulta se deben de enfrentar a un mundo que es más difícil que nunca;
indiferente, duro, violento y enfermo, que entre esas miles de posibilidades de
las cuales se abren, solo hay que elegir una que puede ser la decisiva en la
vida. Y la gente se sigue reproduciendo igual sin tomar consciencia de las
consecuencias: uno siempre debe ser el responsable de sus acciones. Extinguimos
a parte de nuestros seres en La Sexta Extinción en Masa sobre la tierra y a una
especie completa por reproducirnos en demasía. En la versión judía del Génesis,
Dios envió al infierno a la primera mujer de Adán, Lilith, por la misma
situación. Sin embargo, el hombre nunca es el culpable de esta problemática. En
la mayoría de las ocasiones se va, importándole menoscabo alguno, y la mujer es
la que se hace cargo del hijo. Pienso en casos contemporáneos a mi juventud
porque los viví, como resulta ser el caso de Fernanda Masiel o el de Cynthia Balcázar,
jóvenes chilenas que fueron brutalmente asesinadas por unos enfermos o
estúpidos, asimismo ocurre con la subinspectora de la PDI Valeria Vivanco y la
subteniente de Carabineros, ambos femicidios perpetrados de la peor forma. En
el caso de Fernanda Masiel imagino que debía recurrir a los medios más
inimaginables para conseguir mantener a sus hermanos que eran numerosos y la
segunda al igual tuvo que haber concurrido ante peligrosos narcotraficantes de
los arrabales debido a que tenía a su hija, si es que no fue asesinada por su
pareja, aunque ¿Quién seré yo para juzgar semejante afirmación? Porque
semejante prejuicio es grave decirlo a viva voz sin tener un sustento o una
prueba verídica al respecto, tal vez eran mujeres que por cosas del destino
tuvieron una muerte tan terrible.
Es parte de esta
meditación el caso de la joven Antonia Barra que luego de una fiesta fue
incitada por Martin Pradenas y fue llevada al centro de Pucón –todo esto bajo
los efectos del alcohol– fue toqueteada, manoseada, besada bruscamente, y
finalmente llevada a un lugar donde fue –aparentemente–violada por este. Tengo
sentimientos encontrados con esta joven que no pasaba de los veinte años
respecto a los siguientes aspectos: a lo largo de mi vida he desconfiado de dos
tipos de persona, los que dan consejos y citas muy fácilmente, y los que son
capaces de violar –porque el hecho de practicar el sexo, muy consentido que sea
es violar a una mujer–tan fácilmente como si fuese disfrutar de un pedazo de
carne, además es un proceso violento y brusco en la que dejan llevar sus
impulsos y pasiones mundanas muy cómoda y bruscamente, y por último, es algo
muy llevadero que es muy animal, no va con nosotros que podemos razonar en
algunas ocasiones; cosa que nos distingue con los demás animales. Hay una
teoría de Nietzsche que dice que a los horas de sexo duro, vienen horas de
placer animal y desprecio por sí mismo; no es un Nietzsche pionero que
garantiza que el sexo en medio de una borrachera es lo mejor que puede
pasar–como bien lo dice en el Anticristo–. Un símil podría pensar Descartes,
Spinoza y Kant, que seguramente tenían la certeza de cómo son las cosas y de la
misma manera no tenían tiempo para ello, pues la labor intelectual era su única
pasión, y eso era garantía de su felicidad. Si bien la Sra. Antonia Barra fue
violada sin su consentimiento y amén de que bien podría gritársele a Pradenas a
viva voz que es un agresor sexual, ambos son un resultado de esta tradición,
imagino su estado que tuvo que haber sido deplorable y triste, y no decidió
recuperarse para seguir adelante y continuar una nueva vida.
Posterior a la Primera
Guerra Mundial, Europa fue víctima de una profunda depresión moral, religiosa,
económica y política. Después de la crítica hacia el cristianismo y la familia,
el sexo se convirtió en algo muy común como lo es hoy, hubo liberación femenina
que separó al yugo hombre-mujer como símbolo de poder patriarcal, a esto le
sobrevino la crisis de la familia: los engaños, mentiras, deslealtades, etc.
Hay un libro que se llama “El Amante de Lady Chatterley” que abarca este tema y
está hecho en contra de la moral victoriana, se ambienta en su contexto pero
riñe con dureza su estructura, la deconstruye y reflexiona, a su vez.
Podría entablar toda
una reflexión respecto a este tema, pero me genera cierto pudor: y algo que nos
resulta perjudicial hasta el día de hoy.
Volviendo al tema del
amor, desde mi temprana edad he visto esa sensibilidad y herida en el interior
de cada mujer y al respecto no puedo ser indiferente porque sería renunciar a
la vida, ignorarla. Hay un tema de Herve Vilard que se llama “Vuelve” y me
llama la atención. ¿Podría volverse con una pareja la cual termino la relación?
¿Se esfumaría ese dolor interno? ¿Volvería esa mujer a ser como antes? He
llegado a pensar que si, que ese trauma interno desaparecería; esa mujer
volvería a ese estado anterior de felicidad. Hegel decía que mientras todos los
demás fuesen infelices, él nunca podría ser feliz: algo similar me ocurre a mí
con estos temas, y como es una realidad hay que examinarla, afrontarla y
discutirla.
De no ser así, imagino
que se volvería un alma en pena, alguien exenta de cariño, que quizás su única
congoja seria la ilusión del cariño de esta sociedad. Estas cosas del amor son
tan complejas y difícil que nunca me he decidido a entablar una relación
amorosa, ni siquiera en mis tiempos de adolescente: aunque debo confesar que
últimamente me he sentido atraído por las mujeres de treinta años. Seguramente esto
como todo tiene su explicación; hay feministas que por ausencia de un padre se
convierte en feministas debido a el respectivo arquetipo de la filosofía juglariana–relativo
a Carl Jung–asimismo debe ocurrir por ausencia de una hermana mayor, amiga o
prima. No lo sé. Un doctor chileno de unos treinta años de edad, que suele
subir tikok´s a la plataforma decía que es mejor no hacer daño en una relación
amorosa; cosa que es relativamente fácil si es que no se tiene conocimiento
acerca de las cosas que pueden lastimar a esta: es mejor ser un hombre ocupado
y no comprometerse si es que estos no pueden ser cumplidos. Son cosas que
deberían ser de conocimiento general.
También he creído que
con dos no es posible que un amor sea duradero: las peleas suelen ocurrir tan
fácilmente y no existe un mediador. Un filósofo chileno decía que el amor
debería de ser entre tres para que exista un equilibrio entre ambos extremos. Y
no sería tan mala esa idea si consideramos que en un conflicto no existe
mediador alguno, y los hijos no pueden prestarse para ello. Tiene que existir
un referente alguno que lo sea.
De la misma manera,
pienso, que como está el mundo la mujer debería seguir su camino sola debido a
que los hombres son tan indiferentes a ellas que el concepto de relación se ha
tergiversado y pervertido en la sociedad actual: Sócrates decía que es mejor
sufrir la injusticia, que padecerla. Ante un desengaño, deslealtad y traición,
una mujer debiese sentirse tranquila y sin culpa alguna, y por consiguiente,
debería de seguir su camino; sola, sin que la consciencia le reproche. Además
mientras una mujer es menos coqueta y no se deja conquistar fácilmente está
representado un espíritu puro y fuerte, que no lo comparte con cualquiera.
De igual forma
considero que así como los psicólogos aconsejan que no hay que dejar llorar a
los bebes sin atenderlos en sus exigencias, hay que complacer y halagar a las
mujeres: puede afirmarse que esto es una muy mala maña y pésima práctica, sin
embargo, si acudimos al submundo de la literatura, encontramos algunos mensajes
que usando el método del psicoanálisis podemos reinterpretar y remodelar sus
significados hasta encontrarle un posible significado que nos favorezca. Hay un
cuento que trajeron los conquistadores de la España Moderna respecto a las
exigencias de una reina llamada Romaiquia a el rey Abenabet y aquella reina
nunca estaba conforme con sus solicitudes y exigencias hacia el rey. ¡Desde ese
tiempo trataba a la mujer por lo que merece!. Además de eso hay un cuento de
Horacio Quiroga cuya historia pone como protagonista a un banquero que hace lo
posible por complacer a su amada, finalmente, cansado de sus solicitudes
termina por asesinarla clavándole una daga en el pecho.
Es el esfuerzo que nos
corresponde a los hombres. ¡Y no se ha tenido esta consideración desde tiempos
de Friedrich Engels!–el único que ha hablado bien de la mujer–.
Y si la única congoja
que queda es la de la sociedad, debemos comenzar a cambiar radicalmente en
estos asuntos. Hay una violencia nihilista que perdura desde el siglo XX hasta
el XXI, época de oscuridad y negrura: de guerras mundiales, discriminación
hacia los homosexuales y un individualismo colectivo del que buscamos pisarle
el cuello al vecino y a nuestros pares. Se hacen criticas violentistas carentes
de empatía de todo tipo: políticas, científicas y sociales, cada una
manifestando su verdad y buscar establecer como predominante su postura ideológica
o política. ¿Debemos esperar cambios radicalmente violentos o a punta de un
fusil, en un contexto civilizado y contemporáneo en donde ya no nos
caracterizamos por ser los mismos cavernícolas de antes?. Charles Darwin decía
que la evolución humana va a paso lento y asimismo cambiara la humanidad. Y
para todo aquel que estime estas palabras como algo descabellado, chanta y
trivial en demasía, podría plantearse la idea de su consideración en ese lento
salto evolutivo de este universo: esto podría pensarse en un tiempo más. Se
hacen críticas donde la racionalidad busca reñir con otras por cuál será la
predominante, en vez de unir el corazón con nuestra mente como el principio
magnético en el que necesitamos la unión entre todos: el amor. A la violencia del
bárbaro se combate con la palabra que persuade, une y enlaza.
¿Podría pensarse en una
sociedad en que todos nos abrasemos, a pesar de las diferencias?
¿Así, el desamado, se
sentirá amado?
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