Todos tenemos algo de Cruz Martínez
Dícese que
la intensa labor del historiador es la búsqueda de la objetividad, así lo
expresaba el premio nacional de historia don Sergio Villalobos Rivera, pues si
no se le encontrase ese sentido esencial de los hechos, bien podría afirmarse
en muy mala lengua que de no ser así un profesor dejaría de serlo y no tendría
la obligación ni la necesidad de dirigirse a su establecimiento de educación ni
a sus respectivos alumnos; no tendría sentido su forma de explicar los hechos, podría
decirse incluso que la objetividad es un valor, y amén de las muchas lecturas
que le podamos otorgar a esta imparcialidad o indiferencia, tenemos que ceder
oído u atención a otros historiadores, por ejemplo las mujeres, como Sol Serrano,
Sofía Correa y don Cristian Gazmuri, catedráticos que nos expresan que si lo
revisamos con minuciosidad encontramos su estructura analítica, elemento griego
en la que se separan las cosas para examinar su composición, la cual resulta
ser bastante heterogénea (en la Historia de Chile) como por ejemplo la
importancia del sujeto popular, cuestión social, radicalización de los espacios
rurales a los urbanos, la economía, la agricultura, los movimientos sociales o
estudiantiles y demás, de igual manera concuerdo con la objetividad, pero las metodologías
se van modernizando y comienza a conocerse de manera ambigua, cada vez se
saben, examinan y comprenden novedades, y no simplemente se discuten los mismos
temas de interés general, de ser así no tendría sentido. Y en leguaje arcaico,
aquí “engancho” con otra metáfora, la indiferencia, como podríamos ser
totalmente racionales, fríos, y porque no decir “enfermizos” o “enajenados”, la
incomprensión de este mundo hacia nosotros se sustenta en base a esta señora,
cuando nos sentimos vacíos sin ganas de vivir, cansados, tristes,
incomprendidos, y vemos que el mundo avanza a rayos luz y posiblemente a nadie
le importe lo que pensemos, percibimos o sintamos es debido a la indiferencia
misma de la vida, pero encontramos la salvación: los sentimientos, como
podríamos ser indiferentes a ellos, pues sin nuestro comprometido, familia,
amigos, mascotas, que desgraciados seriamos, encontraríamos nuestro desprecio
como especie nietzscheana, porque ni el más destacado profesor de lengua,
literato o lector podría serle indiferente a la conjunción de sentimientos que
expresa un libro, una historia, una columna de opinión, o un simple poema, asimismo
ocurre con un romance, una convivencia, una nueva travesía junto a los amigos,
o la ternura de una mascota. Vivimos en esa lucha intrínseca predominante, en
que a algunos se las da ser indiferentes, y otros ser pasionales, altivos o
impulsivos. Recuerdo a mi profesor de lenguaje, gran guitarrista, muy centrado,
correcto, prudente y también indiferente, asimismo un día leyó en conjunto con
sus alumnos “El cohete” de Ray Bradbury, ambientado en un contexto futurista
donde las principales familias se iban en cohetes al espacio, después de
diversos inconvenientes el protagonista consigue una pieza de metal, un cohete,
en el cual sin poder repararlo ni hacer algo útil con él, induce a sus hijos a
adentrarse en un viaje imaginario por el cosmos, finalmente es todo tan
emotivo, humilde y maravilloso que la esposa termina por admirar en demasía a
su compañero por darle semejante sorpresa a los niños, los cuales quedaron
sorprendidos con aquella simulación. La
miseria o quizás la notoria carencia de recursos y trama de la historia,
provocó que aquel profesor no terminara con la misma actitud con la que había
comenzado la historia, nos manifestó, cabizbajo, su impresión melancólica y el
estado en que lo dejó la historia. Es
así de evidente, a pesar de que somos seres racionales y matemáticos, también
somos sensibles y pasionales, pues somos nosotros los que le asignamos esa
categoría dualista a la realidad, en la que solo elegimos una de las dos
opciones, la cual siempre riñe con la otra.
Sin dilación
alguna, un símil ocurre con la historiografía, por ejemplo situándonos en La
Guerra del Guano y el Salitre, al examinar su contenido predomina esta
imparcialidad al aproximarnos a sus últimas fases para conquistar la totalidad
del territorio y concretar la invasión más conocida como “la campaña de la
sierra” donde posterior a la “toma de Lima” se procedió a invadir una de las
concentraciones más permanentes de toda la guerra, lugar que había servido de
refugio para todos aquellos políticos y militares que luchaban contra la causa
chilena, a los que se les unieron inmediatamente los pobladores luego de los
atropellos y violaciones que estos habrían sufrido luego de aquella invasión,
si fue voluntariamente o simplemente por obligación, manipulación y
sometimiento por parte de sus compatriotas quedara a discusión de los
historiadores, pero he aquí lo sustancial, no resultaría para nada valido que
semejantes atropellos y violaciones fueran justificación para que estos
reaccionaran de manera violenta y rigurosa hacia las tropas enemigas (chilenas),
porque aquí en la sierra, que es algo así como la cordillera peruana, lugar de
cerros montañosos y desérticos en donde tuvo que haber sido muy difícil
resistir, una zona que no contemplaba el mapa de la avanzada ni era de certero
conocimiento de los soldados en relación a su difícil acceso, pasó a
convertirse en un proceso que mermó, entorpeció y agotó a las tropas chilenas,
la cuales tenían la obligación de tomar territorio por territorio en pequeñas
divisiones, y que prontamente sufrieron las consecuencias y contrariedades de
ser burladas, atacadas repentinamente y hostigadas por algunas partidas que las
sorprendían de exabrupto, por ejemplo con los ataques de los montoneros,
envenenamiento de los caudales, las enfermedades que habrían contraído, entre
otras cosas. Una de las batallas que los patrioteros recuerdan, más como un acto
ceremonial-religioso, que su carácter prolijo y detallado, es la Batalla de la
Concepción, ocurrida un 9 y 10 de Julio de 1882, donde unos kamikazes chilenos,
en medio de una conjunción de acontecimientos y eventos desafortunados,
tuvieron que entregar su vida, sucumbir, como una epopeya espartana de una
forma terrible y sangrienta, en un cuadro inimaginable. Un pintoresco como
curioso interés genera la composición de las filas de aquellos legionarios,
eran todos joviales de muy corta edad, que por una muy mala jugada del destino
o quizás la vida, perecieron de la peor forma.
Uno de ellos
es el curioso personaje que aparece en los billetes de mil pesos, Ignacio
Carrera Pinto, de unos treinta y cuatro años de edad, que siendo un
latifundista pero familiar del ex presidente Montt tuvo que alistarse en las
filas del Lautaro, para ser designado como capitán de aquella partida. El resto del batallón Chacabuco, estaba
compuesto por subtenientes, que partía por uno de los mayores entre todos,
Julio Montt Salamanca, natural de Casablanca, a sus veintiún años de edad
habría compartido la convicción de sus hermanos en alistarse en uno de los
tantos batallones existentes y por cosas del destino y de otros jóvenes que se
le cruzaron por delante allí se encontraba, el otro, era el subteniente Arturo Pérez
Canto, un joven de dieciocho años, amigo del insigne general Arturo Benavidez
Santos, autor de Seis Años de Vacaciones, destacado por participar en diversas
batallas, entre las cuales está la resistencia en la sierra, ambos estudiaron
en el Liceo Eduardo de la Barra en Valparaiso y se dice que entusiasmado e
ilusionado por la guerra, arrojo todos sus libros al mar y se escondió en el
vapor Matías Cousiño, el cual lo transporto al litoral pacífico. Uno de los
últimos y más pequeños de los oficiales era el subteniente Luis Cruz Martínez,
el Cabo Tachuela, como le decían por su corta estatura, a la 9edad de quince
años había dejado el Liceo de Curicó, para enlistarse en el Batallón de Curicó,
en donde tuvo que esconderse en el cuartel exigir y convencer a los mayores
para ser enrolado, otras versiones dicen que se escondió en un convoy que iba
hacia las costas peruanas, pero la más acertada es la primera versión. Sincerándome, es fácil percatarse de que al
Ejército le interesa más su figura, que su historia. La historia de Cruz
Martínez es bastante lamentable, es “hijo de un misterio” como bautizó el
escritor e historiador Benjamín Vicuña Mackenna, sin embargo, y acercándome a
la mayor objetividad posible, luego de una revisión atenta de diversas fuentes
concernientes, pude recabar los orígenes de este chico. Como lo establece la
historiografía más contemporánea, y como la realidad de tantos niños, su
nacimiento fue consecuencia de la más improvista casualidad. Su madre fue una
niña de muy corta edad, Clodomira Franco Martínez, cuya madre la envió a servir
a un fundo de Molina, llamado fundo “Los Cristales”, esto se debió a la razón
de que la madre no disponía de los recursos necesarios para mantenerla, allí la
pequeña además de servir como “ama de llaves” tuvo una consentida relación con
el patrón y luego de nacer la criatura, y bajo conocimiento de la esposa,
Clodomira debía permanecer escondida en una habitación para ocultar semejante
desdicha. Para no seguir arriesgando a la familia, se acordó que la niña
embarazada volvería con su madre y se establecería en un monasterio hasta el
resto de su vida, y el pequeño seria cuidado por su abuela, Martina Martínez.
Luego de una vida de carencias y tristezas, Luis es ingresado a una escuela
primaria y con posterioridad al Liceo de Hombres de Curicó, donde se distinguió
como un alumno muy aventajado, liceo que a partir de 1960 bajo el nombramiento
de Jorge Alessandri pasó a llamarse Liceo Luis Cruz Martínez, allí compartió
con hijos de las familias más pudientes, hijos de agricultores y campesinos,
prontamente se hicieron evidente las carencias, el niño concurría por lo
general en ayunas, sus compañeros de clases debían darle golosinas que llevaban
para sí. Felizmente su precaria situación económica cambió, en el momento que
el rector del liceo don Uldarico Manterola Ureta tuvo conocimiento del hecho
indicado, por intermedio de su hijo que compartía el aula con nuestro joven
héroe. La sensibilidad del directivo que lo invitó a vivir a su casa,
compartiendo su mes. Cruz Martínez era un buen estudiante, y así lo avalan sus
calificaciones, y a pesar de todos sus problemas existenciales, al cumplirse el
cuarto año acudió al llamado de la guerra. En esa resistencia brutal, luego de
ver a muchos de sus compañeros morir, haberse internado en una travesía
ilusoria, haber experimentado las penurias de una guerra, por asares del
destino fue uno de los últimos en perecer en esa cruenta y oscura batalla.
Jorge Baradit en su primer libro de la Historia Secreta de Chile dedica un capítulo
completo con su apasionante y creativa perspectiva para narrar los hechos, y
explica con mayor detalle los acontecimientos. Bien dotado y gozando de una
buena sensibilidad, me siento como mediador entre esos sentires inexpresivos,
lo que me ha llevado a adentrarme en un extenso trabajo de recrear esta
historia en un libro de ficción empezando y centrándome en la historia de la
pequeña Clodomira. Es impactante y conmovedor al mismo tiempo entablar un punto
de inflexión a la vida de este personaje, posiblemente su sueño esperanzador
era continuar con sus estudios superiores. Al igual que en el caso de Carmen Marín,
son personajes que pasaron desapercibidos por la historiografía. ¿Qué era lo
que pensaban? ¿Qué impresiones tenían de este mundo?. En el caso de este chico
¿Extrañaba a su madre? Levantando polvo, caminando sin dirección fija en una
“ratonera”, “un laberinto infranqueable”. Siempre he creído que particularmente
a los niños en aquella época se les lavó el cerebro con discursillos baratos,
promesas que no iban a ser cumplidas y ejemplificaciones de figuras políticas,
que no beneficiaron más que una elite extranjera.
He aquí uno
de mis personajes favoritos de la historia, no solo por su valentía sino por su
pasión, patriotismo interno del cual todos tenemos, y sentimos por la patria,
además soportó con dureza las adversidades de la naturaleza, clima y temple,
soportó la sed, cansancio, tristeza, miedo y dolor, vestía ojotas fabricadas
con sus propios ropajes y su uniforme padecía el desgaste del tiempo, era
alguien olvidado por todos nosotros, pienso en el Che Guevara que en sus
últimos días experimentó una sensación similar en la sierra, ojala pudiera
sentirse allá en la sierra el aroma a resistencia de los soldados que lucharon
por su ideal. Después de todo, todos tenemos algo de Luis Cruz Martínez.
Desde que leí su insigne en la historiografía, en lo personal, me he sentido identificado con este personaje desde mis tempranos diecisiete años, presiento un sentimiento de benevolencia muy similar al de la beata Laura Prieto hasta llegar al punto de percibir cierta cuota de santidad en su figura. En ocasiones en que me he sentido vacío, acomplejado y angustiado, ganas no me han faltado de pedirles favores al altar que está instalado en la Catedral de la Plaza de Armas, que en su interior descansa su corazón. Dudando de todo posible escepticismo, hay que otorgarle cierta credibilidad científica a estos asuntos, y no descartar su posibilidad, pienso en un aceite de indio que ha servido para fines curativos, asimismo hay que creer en estas figuras que nos protegen.
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