Cuento "La Mente: La manía de Juan Calvino" – Joaquín Palma Morales.

Este texto esta estructurado, ambientado en base a un decreto promulgado por Juan Calvino [1509-1564], teólogo francés, autor de la Reforma Protestante, en el cual, prohíbe las relaciones sexuales. Y a partir de los siguientes párrafos comienza una historia que se remonta hacia siglos atrás...

Había salido del mercadillo, siguiendo con posterioridad, hacia la plaza. El atardecer parecía cesar, y el sol desbordaba las montañas, las cuales, se podían divisar perfectamente desde aquellos arrabales parisinos. Desde su lejana infancia, que recordaba sistemática y perfectamente, lo exagerado y tozudamente que habría estado agradecido de la vida, particularmente, del gran astro que lo iluminaba en su soledad; el sol, y todos los organismos del universo, no obstante, aquellos sentires fueron desaparecido y esfumándose, a partir de su adultez.

Era muy amigo de los jueces y algunos comerciantes que se reunían allí, pero hasta cierto punto, debido a que llegaba a desconfiar hasta de su propia sombra, siempre temía de extraviar su soledad, su máxima compañera filosófica, que desde su anales lo habría acompañado, y allí estaba ella, a su lado, tan obsesivamente latente, que no desistía abandonarlo, ni dejarlo, aunque fuera momentáneamente o por un par de segundos, desde sus pensamientos hasta a sus propios sentidos como emociones, allí se encontraba vigilante, altiva, castigadora y observadora.  

Unas veces era apolínea, galante, romántica y atractiva, otras, castigadora, indiferente y despiadada. Era su compañera, por lo cual, no era, en demasía ilógico, que esta se pusiera celosa de cualquier acto o acción que pudiese contrapesar, limitar, atacar o ignorar a esta. Cuando esto sucedía, sus pensamientos cobraban vida, altiva y potencialmente, y su estado moral, normativo, jurídico y decisivo, le ordenaba desistir de aquello. Era una orden, y no podía hacerlo, de ser así, la desmotivación, desaliento y energías, se hacían presentes y más latentes que los propios pensamientos, era una tortuosa y severa represión. Por ser, cuando pasaba una mujer ante su posición, lo común, el norte y la orientación, que acostumbraban las ordenes de aquellos, o los pensamientos de aquellos, aquellos, el resto: la plebe, el populacho, y a juzgar, de los mismos comerciantes y jueces, consistía y radicaba, en despertar, y a la vez, saciar, alimentar a todos esos instintos depredadores, degenerados y sexuales, que inauguraban una viva revuelta y resistencia en sus cabezas y dirigían, emprendían u originaban que su órgano sexual, a decir, su miembro viril, padeciera una involuntaria e imprevista erección.  Cuando, contemplando, sentado y callado en la plaza, al resto (el populacho) podía notar aquel defecto, quizás, normal para aquellas joviales cabezas, o tal vez, anormal, para su propio criterio o su respectiva sensación de no lograr percibir semejantes impulsos con absolutamente nadie, más aun, para un sujeto indiferente, frívolo e intrascendente, respecto a semejantes impulsos o sentires.

Cuando esto ocurría (la mujer pasaba por delante) su mente reprimía severamente a aquellos instintos, jurándole: “No lo hagas”.

Ante tal situación y complejidad del momento, se veía obligado a mirar hacia una dirección opuesta, siquiera permitía que su rabillo advirtiera el trasero de aquellas mujeres, a las cuales, les exigía un respeto necesario, más bien, cuando esta situación se presentaba, debía esquivarlas, visualmente, como un autómata con la mente en blanco.   

Al pasar por un rancho, estilo colonial, percibió uno latentes gemidos. Los alaridos eran provenientes de una mujer. Miró hacia aquel extremo; la casa. Gran fue la sorpresa de ver a una pareja de plebeyos teniendo relaciones sexuales, pudo percatarse del hecho después de mirar por la ventana, la cual, se encontraba abierta, y dirigía hacia la habitación. Sintió un tirante y tenso como un rayo, pinchazo en la cabeza, entonces, su mente, lo reprimió, obligándolo a desistir la vista, jurando, entonces, volvió a su posición y apuro el paso.

Calculo cuanto demoraría en llegar hasta aquel lugar, no le quedaba mucho, pues el sol aún no decaía; no sobrevenía la noche. Posterior a unos minutos, volvieron a escucharse los alaridos, eran tan evidentes que llamaron su atención. Un capitán de una compañía, fornicaba como un pedazo de carne a una rabona o cantinera, parecía un animal liberado dejándose llevar por sus instintos, los cuales, tomaban por completo el control de su mente, ya no había un instinto del conocimiento que se había hecho de los demás, eran ellos, que se habían hecho de él.  Ambos se encontraban en una carpa, lo conoció por su permanente y grave voz, quizás, ellos habían tomado su control por supervivencia o por miedo, seguramente aquel hombre, al otro día tendría que ir a rendir cara, o tal vez, dar su vida en una guerra que se había desatado contra su país vecino, y ahí tendría que estar, en persona, para defender a su nación. Los instintos de ambos, luchaban y se sucedían, unos contra otros, tal cual como sucedería en la batalla o batallas, ambos eran, en definitiva, demasiado humanos, animales, que su único interés era la supervivencia, y sopesaban aquella idea con un alivio, un escape de la realidad, una evasión a la realidad, después de esa horas de sexo, le seguían horas de placer animal y la sobrevenida de desprecio por ellos mismos, sentires tan limitados como el propio humano dominado por sus instintos, o quizás, del animal. No tardo, en sentir el ataque; la punzada se sintió aún más fuerte, gobernándose con mayor cautela, se incorporó, ignorando, olvidando, y siguiendo a paso más rápido.

Una mujer rubia y muy bella, con un precioso vestido, se le atravesó y miro a los ojos. Entonces, su mente volvió a desistir, y efectivamente, el hombre lo hizo. –”Mi santo, tu no me puedes dejar” –juro su mente. 




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